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Tabaco y salud, profanación de lo sagrado

Actualizado el 14 de marzo de 2008 a las 8:41 am en la sección: Destacamos
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smoke1.jpg Ramón Méndez Estrada/IdeaPolitica

Considerado inocuo durante casi cinco siglos, a finales del XX el llamado “tabaco” revela su verdadera cara con rasgos macabros: en el mundo mueren anualmente por su consumo más de cuatro millones de seres humanos, unos once mil cada día, y enfrentan su adicción mil 100 millones de personas, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

En México, pierden la vida cada día 122 individuos por enfermedades relacionadas con el hábito de fumar tabaco: cáncer, enfisema pulmonar y diversas cardiopatías, principalmente, señalan datos difundidos reiteradamente por la Secretaría de Salud (SSA).

Tras el placer de jugar con el humo, cuya inofensiva apariencia engañó por centurias a la humanidad, se asoma el rostro terrible de un veneno adictivo, reconocido ahora como el principal problema de salud pública en el planeta, contra el cual las autoridades sanitarias de distintos países han emprendido una “guerra sin cuartel” con el propósito de disminuir su consumo entre los adictos, reducir los efectos nocivos entre no fumadores expuestos al humo y evitar, en lo posible, que las nuevas generaciones adopten el hábito.

“Quizás lo más dañino en el hábito tabáquico no sea su efecto nocivo a la salud, sino la falsa apreciación de que este hábito es inofensivo”, puntualiza al respecto Santiago Padilla Arriaga, presidente de la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados durante la LVII Legislatura.

Su historia, a vuelo de humo
 

El tabaco es una planta originaria de América, que tiene más de 60 variedades silvestres. Como al continente, lo “descubrieron” los europeos en sus viajes trasatlánticos para acceder a la India por la ruta del oeste.

El primer contacto del viejo mundo con esa planta y su uso lo hicieron Rodrigo de Xerez y Luis Torres, miembros de la primera expedición de Cristóbal Colón, a principios de noviembre de 1492, cita el Atlas del tabaco en México.

John Whitman cuenta, en El poder psíquico de las plantas, que Colón llegó a tierra en San Salvador, una de las tantas islas del Caribe, y en su viaje entre ésta y Fernandina, hoy llamada Long Island, encontró a un hombre que viajaba en una canoa y llevaba comida, una calabaza con agua, pipas de arcilla y un manojo de hojas secas, las cuales eran conocidas en la región como “cohiba” y eran usadas para fumarse en pipas cortas, en forma de “Y”, que tenían el nombre de “tabaco”. Los europeos, por error, dieron a la planta el nombre de la pipa en que se fumaba, y es así como ahora se le conoce en todo el mundo.

Los isleños utilizaban la planta en sus ceremonias destinadas a inspirar profecías, y sus adivinos auguraron con ella que vendrían “unos hombres que irían vestidos, mandarían sobre ellos y los matarían, y ellos morirían de hambre”, apunta Whitman; agrega que los mexicanos también usaban, para adivinar el futuro, un “tabaco” conocido como “pisiete”, considerado con poder profético, y que “los aztecas y los toltecas eran adictos al tabaco e hicieron de él un culto porque la droga les producía un estado de serenidad”.

En el continente, la planta era conocida entre los aztecas con el nombre de yetl o picietl, asienta el atlas citado, y señala que los españoles descubrieron en ese producto una gran fuente de ingresos. Precisa que actualmente es la planta no alimenticia más difundida, cultivada y usada en todo el mundo.

Varios cronistas del siglo XVI hablaron de ella: fray Bernardino de Sahagún, fray Bartolomé de las Casas, Gonzalo Fernández de Oviedo, Bernal Díaz del Castillo, Jacques Cartier, André Thevet y Francis Drake, entre otros.

Con los informes de los descubridores y cronistas, el uso fumado del tabaco cundió en Europa como una novedad: entre 1516 y 1519 llegó a Alemania, en 1550 era ya hábito en Portugal y en 1570 se fumaba sin restricciones en España. Sir Walter Raleigh fue el propiciador del hábito de fumar tabaco en pipa en la corte de Isabel I y en Londres se usó para combatir las “miasmas malsanas” provocadoras de la peste. R. J. Reynolds lanzó, en 1913, el primer cigarro “tipo americano”, el “Camel”.

La información del atlas, de hace unos diez años, indica que los principales países cultivadores de esta planta son China, Estados Unidos, India, Brasil, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y Turquía, que aportan 33.97, 10.05, 6.92, 5.81, 5.50 y 2.57 por ciento de la producción mundial, respectivamente, mientras México se ubica en el décimo cuarto sitio de esta actividad, con una contribución de 0.78 por ciento al volumen total.

Para fomentar “la producción de tabaco, desde su cultivo y cosecha hasta su industrialización y comercialización”, fue creada por decreto, publicado en el Diario Oficial de la Federación el 6 de noviembre de 1972, la empresa Tabacos Mexicanos, S.A. de C.V. (Tabamex), que concentra el producto y lo vende a las tabacaleras. El gobierno detenta 52 por ciento de las acciones de esta compañía, 24 por ciento los productores y 24 por ciento las tabacaleras.

Hay en nuestro país dos grandes empresas, y una pequeña, dedicadas a la fabricación y comercialización de cigarrillos: Cigarrera La Moderna, asociada con British American Tobacco Co. LTD, de Inglaterra, con una participación de 58 por ciento en el mercado nacional; Cigarros La Tabacalera Mexicana, S.A. (Cigatam), vinculada con Phillip Morris International, de Estados Unidos, que participa con 41 por ciento en la comercialización del producto en nuestro país, y la Fábrica de Cigarros La Libertad, con capital 100 por ciento mexicano, y el uno por ciento de contribución en su comercio.

En su informe Tabaco y salud: situación en las Américas, publicado en 1992 con datos hasta de 1990, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) asienta que México gozó de un auge económico hasta comienzos de los 80, pero a partir de entonces se ha deteriorado el nivel de vida de la población en general, periodo en que también decreció la actividad agrícola. Sin embargo, la producción de tabaco no fue afectada por la situación económica nacional, pues siguió en aumento.

El documento compara que, en la década de los 30, México destinaba 15 mil hectáreas de su territorio al cultivo del tabaco, mientras en 1989 había 33 mil 29 hectáreas con ese cultivo. Y precisa que en 1988 la industria del tabaco contribuyó a la economía mexicana con 14 millones 390 mil pesos (entonces, obvio, de los viejos), 0.31 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).

El informe de la OPS advierte que en América Latina se observa un cambio en las patologías: las enfermedades crónicas no transmisibles, entre las que se cuentan las asociadas al tabaquismo, desplazan a las enfermedades infecciosas como principales causas de morbilidad y mortalidad.

Y el Banco Mundial (BM), en su estudio La epidemia del tabaquismo, el control y los aspectos económicos, afirma que, revelados los daños provocados por el tabaco, en los países desarrollados, donde la tendencia a su consumo fue creciente hasta la década de los 80, las autoridades sanitarias implantaron medidas para su control, las cuales han sido eficaces, pues propician la reducción del hábito. Alerta sin embargo que las grandes tabacaleras buscan nuevos mercados, y encuentran éstos en los países en vías desarrollo, sobre todo entre jóvenes, que son los más vulnerables para sustituir a los clientes que mueren por la adicción o a los que la abandonan, y señala que en estos países la tendencia al tabaquismo es creciente.

El documento del BM sostiene que la reducción del consumo de tabaco no perjudica la economía, recomienda adoptar medidas para desalentar el hábito y determina que no otorgará prestamos destinados a la producción directa o indirecta del producto de marras.

Como se observa, sacado de su contexto original, donde su uso era ritual, el tabaco se convirtió, de un intoxicante sagrado para fines ceremoniales específicos, en una droga peligrosamente adictiva cuyos costos en la salud pública son superiores a los beneficios económicos de su producción y comercialización.

Las campañas antitabaquismo y las normas para controlar su consumo, impulsadas en los países en desarrollo y en muchos de los subdesarrollados, son evidentemente un sucedáneo malo de su uso ceremonial antiguo: no restituyen a la planta su lugar primordial, ni ofrecen a los adictos una continencia sacramental, sino les dictan una imposición jurídica, que oculta su vergonzosa dependencia.

 Sus efectos inmediatos y a largo plazo

En México, 27.7 de la población fuma tabaco, “unos 14 millones en términos absolutos”, quienes afectan con su hábito, en la casa o en el trabajo, al 50 por ciento del resto de los mexicanos, a los que se denomina en términos técnicos “fumadores pasivos”, informa ladoctora Alejandra Ramírez Venegas, jefa de la Clínica de Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (INER).

Los datos que ofrece, indica, son de los resultados de la Encuesta Nacional de Adicciones 1998, y de ellos se deduce que sólo 20 por ciento de los mexicanos están “libres de los efectos nocivos del tabaco”, y agrega un detalle: “quien ha fumado más de 100 cigarros en su vida se considera fumador”.

Afirma que las principales causas de morbilidad y mortalidad en el INER “tienen que ver con el tabaquismo”, y precisa que la primera causa de muerte allí es el cáncer, seguida por las EPOC. Comenta que más de 50 por ciento de los decesos por enfermedades cardiovasculares y cerebrovasculares están relacionados directamente con el tabaco; nueve de cada diez casos de cáncer se asocian en forma directa con el tabaquismo, y de ocho a nueve casos de las EPOC también tienen relación directa con ese hábito. De cada diez muertes, precisa, cuatro pueden atribuirse directamente al consumo de tabaco.

A pregunta, explica que el tabaco contiene más de cuatro mil sustancias tóxicas, unas 50 de las cuales son cancerígenas; cuando entran al organismo “echan a andar una cascada de procesos inflamatorios oxidativos” en órganos y sistemas, con los que el cuerpo busca defenderse de esas sustancias, las cuales son “capaces de entrar a los bronquiolos más pequeños, donde se depositan y ya no salen”.

A la larga, esos procesos provocan enfermedades específicas, entre las que cita los cánceres de labio, lengua, laringe, tráquea, esófago, bronquios y pulmón, e incluso cérvico uterino, de mama, estómago, riñón, vejiga y próstata. De las EPOC, menciona bronquitis crónica y enfisema pulmonar; de las isquémicas la angina de pecho; de las cardiovasculares el infarto, y de las cerebrovasculares la embolia.

En las mujeres, el hábito propicia menopausia precoz, osteoporosis, y en las embarazadas provoca abortos, partos prematuros y niños de bajo peso al nacer, propensos al síndrome de muerte súbita de recién nacidos. En los niños expuestos a un ambiente contaminado de humo de tabaco, añade, son más frecuentes las enfermedades respiratorias, el asma y la otitis media y externa.

El tabaquismo, dice Rodríguez Venegas, es actualmente el primer problema de salud pública en el mundo por todos los órganos que están involucrados, y afecta a los seres humanos desde niños hasta ancianos, pero sus efectos nocivos se aprecian en su trágica magnitud en personas mayores de 40 años, cuando generalmente se detectan las enfermedades crónicas asociadas a la adicción, que son “irreversibles”, advierte, pues “daña al DNA directamente, daña la economía, la célula vital”.

Sobre los efectos inmediatos del tabaco, comenta que, al entrar al organismo, las sustancias que lo componen son liberadas a nivel del sistema dopaminérgico, y excita a los receptores de la acetilcolina, con efectos en los sistemas simpático y parasimpático, según la dosis. Así, aumenta o disminuye la frecuencia cardiaca y la frecuencia respiratoria, también en relación con la cantidad; en los fumadores principiantes provoca cefalea, náusea e incluso vómito, raros en los ya adictos, a menos que lo consuman en exceso.

El efecto adictivo del tabaco, señala la doctora, es causado por la nicotina, la cual sin embargo “no tiene qué ver con el cáncer”, pero inicia su proceso desde la primera vez que se fuma, mediante el aumento de la tolerancia del organismo hacia la droga, de la que se necesitan dosis cada vez mayores para obtener los mismos resultados.

Explica que, al fumar, la nicotina llega rápidamente al cerebro, donde incide principalmente en el “centro del placer, de bienestar, de saciedad”, que el prospecto al hábito o el fumador declarado asocia con situaciones favorables, precisamente en términos de placer y bienestar, las cuales busca repetir con el consumo del tabaco, que provoca a la vez, con tendencia creciente, dos formas de dependencia: física y psicológica. Entre los factores psicológicos de la adicción, añade, “el fumador siente que lo relaja, lo calma y le da mayor oportunidad de concentración, además de que refuerza su asociación con situaciones positivas y placenteras”.

A pedido sobre el efecto en la “concentración” que menciona, explica que estudios aislados, realizados por un grupo de control, indican que “parece ser que mejora la función cognocitiva, mejora el centro de atención”, pero no proporciona más detalles. Este efecto también asoma en plática con Miguel Rivera Lerma, asesor jurídico de la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados, quien dice mejora la concentración en apariencia, pues presuntamente lo que hace es inhibir el impacto de los estímulos exteriores indeseables en el fumador, lo cual le da la sensación de mayor atención.

Ramírez Venegas señala que el hábito del fumador tiene un ciclo de 24 horas, en las que el individuo autorregula, según la dosis, el número de cigarros fumados, los niveles de nicotina en el organismo, a discreción. No ocurre, por ejemplo, el suministro dosificado por prescripción, como es el caso de los fármacos, verbigracia, una aspirina de 300 miligramos, cada determinado lapso.

Aunque es difícil calcular la cantidad de nicotina que se absorbe al fumar un cigarro, pues depende de la intensidad, la duración y el número de fumadas, entre otros factores, estudios al respecto convienen en que, por cada cigarro, el fumador se administra aproximadamente 1.6 miligramos del alcaloide, dosis variable también por el tipo de tabaco, pues el claro, más ácido, genera menos absorción, mientras el oscuro, alcalino, la aumenta. Se sabe también que si la droga se mastica la impregnación es más lenta que si se inhala su humo. 

Riesgo de daños genéticos incluso

El doctor Raúl Sansores Martínez, jefe del Departamento de Investigación en Tabaquismo del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (INER), señala en manuales sobre el problema que el hígado metaboliza la mayor parte de la nicotina que ingresa al organismo, mientras pulmones y riñones metabolizan otra parte pequeña, y destaca que el adicto se autoadministra dosis múltiples de la droga, con efecto acumulativo.

Explica que estudios efectuados en Alemania y China demuestran que la asociación del cáncer con el tabaquismo revela algún defecto en la información genética, pues el tabaco impide la reparación de ésta en los glóbulos blancos; afirma que el daño provocado por la nicotina en las células linfoides humanas es peor al causado por la radiación gama, pues impide la reparación del ADN, y advierte que las lesiones causadas al ADN en los espermatozoides se manifiestan en rupturas de las cadenas de material genético, que pueden propiciar mutaciones cromosómicas que impliquen herencia de malformaciones congénitas y otras enfermedades a los hijos de los fumadores.

Sobre el poder adictivo del tabaco, que Santiago Padilla cita en un documento como “más adictivo que la heroína o la cocaína y el primer paso para descender al averno de las drogas ilícitas”, Alejandra Ramírez, jefa de la Clínica de Enfermedad Obstructiva Crónica (EPOC) del INER, dice que la información “es confiable”, pero no precisa cómo lo han comprobado los especialistas.

Al respecto, Robert Ropp, en su libro Las drogas y la mente, narra el caso de una clínica estadunidense para rehabilitación de heroinómanos, en la que el director, adicto al tabaco, dejó de fumar, y prohibió el uso del tabaco en la institución. De 127 adictos a la heroína que estaban virtualmente rehabilitados, cuenta Ropp, quedaron en la clínica sólo doce: más del 90 por ciento no pudo superar su dependencia de la nicotina.

En un boletín de prensa de abril pasado, la SSA “informa que la nicotina activa receptores que tienen que ver con la respiración, el ritmo cardiaco, la presión sanguínea, el movimiento de los músculos, el aprendizaje y la memoria; también puede afectar el apetito y el estado de ánimo, además en altas concentraciones puede ser mortal”.

Interrogada sobre el gasto que realiza el sistema de salud en México para atender los daños causados por el tabaquismo, la doctora Ramírez contesta que no hay una estimación exacta. En cambio, informa que en el INER se destina el 22 por ciento del presupuesto a las EPOC y cerca del 28 por ciento a cánceres, y precisa que en 1999 el presupuesto del instituto fue de 311 millones 597 mil 600 pesos, con lo que el gasto específico para la atención de esas dos áreas en la institución asciende a más de 150 millones de pesos.

Cabe mencionar que en diciembre de 1997, en una reunión con los integrantes de la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados, Jaime Villalba Caloca, director de la institución, indicó: “Nosotros en el INER, el 25 por ciento del presupuesto anual que tenemos se gasta en enfisema pulmonar y cáncer pulmonar. Se gasta el instituto dos millones de dólares, 15, 16 millones de pesos, nada más en atender esos dos padecimientos”, según versión estenográfica de sus palabras.

Y vale la pena destacar que a esas cifras, obviamente mínimas aunque significativas en el gasto total, habría que añadir el gasto realizado por otras instituciones que también atienden a pacientes afectados por el tabaco, de la propia Secretaría de Salud y otras dependencias del sector, además de las que efectúan labores coordinadas para combatir específicamente la adicción al tabaco.

Según datos de The World Health Report, de 1999, se estima que el tabaquismo “le cuesta al mundo más de 200 mil millones de dólares por año”, aproximadamente el 70 por ciento del PIB de México en 1997, señala la Dirección General de Epidemiología de la SSA. 

Estado actual de la epidemia
 

El tabaquismo, adicción que enfrentan mil 100 millones de seres humanos en todo el mundo, considerado por la OMS como el mayor problema de la salud pública actual, ocasiona once mil muertes al día en el planeta, más de cuatro millones anualmente, vale la pena reiterarlo.

En México mueren diariamente 122 personas por enfermedades relacionadas con el tabaquismo, cifra que al año suma más de 44 mil decesos, informó el subsecretario de Regulación y Fomento Sanitario de la SSA, Javier Castellanos Coutiño, el pasado 31 de mayo, en la celebración del Día Mundial Sin Tabaco.

Agregó que, en nuestro país, 90 por ciento de las muertes por cáncer pulmonar, 80 por ciento de los fallecimientos por bronquitis y 50 por ciento de los que ocurren por enfermedades cardiovasculares, están relacionados con el tabaquismo.

La Encuesta Nacional de Adicciones 1998 reveló que más de 13 millones de mexicanos fuman tabaco, el 28 por ciento de la población entre doce y 65 años de edad. De éstos, un millón son menores de edad. Del total, 55 por ciento son varones, y 45 por ciento son mujeres. En conjunto, afectan con su hábito al 52 por ciento del resto de los habitantes del país, más de 18 millones de personas, de las que 38.7 son hombres y 61.3 por ciento mujeres.

De quienes fuman actualmente, el 72 por ciento empezó a hacerlo antes de los 18 años, es decir, más de ocho millones de personas.

El director general de Epidemiología de la SSA, Pablo Kuri Morales, dijo en entrevista “de pasillo” después de dictar su conferencia magistral en el Seminario por un Mundo Libre de Tabaco, realizado en el Palacio Legislativo de San Lázaro los días 27 y 28 de julio pasados, que el consumo de tabaco “se mantiene estable” en nuestro país, según datos de las tres últimas encuestas de adicciones.

Kuri Morales precisó, a pregunta, que una de cada diez muertes en México se relaciona directamente con el tabaquismo.

Cabe señalar, sin embargo, que en 1997 se reportaban 117 muertes al día atribuibles a problemas de salud relacionados con el tabaquismo, cifra que en el 2000 se estima en 122. También, que la Encuesta Nacional de Adicciones 1993 reveló que el 25 por ciento de la población entre doce y 65 años de edad fumaba tabaco, más de diez y medio millones de mexicanos, cifras que la encuesta efectuada en 1998 corrigió al alza, con 27.7 por ciento de la población, cuyo número global asciende a 14 millones, y las cuales habría que revisar con los resultados del Censo de Población y Vivienda de 2000, cuyos preliminares indican que habitamos el territorio nacional cerca de 98 millones de mexicanos.

En sus registros, el Consejo General de Población (Conapo) consigna que en México se notificaron 440 mil 437 defunciones, en 1997, por las diez principales causas de muerte; éstas son, en orden de importancia por número de fallecidos: enfermedades del corazón, tumores malignos, diabetes mellitus, accidentes, enfermedad cerebrovascular, cirrosis y otras enfermedades crónicas del hígado, neumonía e influenza, afecciones del periodo perinatal, homicidios y lesiones intencionales por otra persona, y nefritis, síndrome nefrótico y nefrosis.

Entre las principales causas de muerte en el país, según la información, encontramos tres relacionadas con el tabaquismo, en los lugares primero, segundo y quinto, pero no se pudo precisar cuántas de las personas fallecidas por esos padecimientos eran fumadoras.

Es pertinente, sin embargo, indicar que por enfermedades del corazón murieron, en 1997, 68 mil 40 personas, a una edad promedio de 54.7 años, que individualmente perdieron, también en promedio, 15.3 años de vida, pues el límite superior de edad en México se estima en 70 años. El total nacional de años de vida perdidos por esta causa es de 355 mil 244 y medio.

Por cánceres, la segunda causa de muerte, se registraron en ese periodo 51 mil 254 defunciones, a una edad promedio de 50.4 años, con potencial de vida individual perdido de 19.6 años, que globalmente suma 555 mil 170 años de vida perdidos.

Y por enfermedad cerebrovascular murieron 24 mil 689 mexicanos, a la edad promedio de 54.2 años, que individualmente perdieron en promedio 15.8 años de vida, cifra que asciende a 125 mil 174 años de vida perdidos si se atiende a su total.

El número total de decesos por estas tres causas de muerte ascendió, en 1997, a 143 mil 983, según los datos del Conapo. Se puede deducir, si se atiende a la estimación de las autoridades sanitarias de que en 2000 fallecerán más de 44 mil mexicanos por problemas de salud relacionados con el tabaquismo, que este nocivo hábito contribuye con un porcentaje de entre 40 y 50 puntos a la cifra global de fallecidos por las tres causas en cuestión.

El director del INER, Jaime Villalba Caloca, comentó en la celebración del pasado 31 de mayo que, de las mil 100 millones de personas que sufren adicción al tabaco, 80 por ciento habita en los países más pobres, y se prevé que este año morirán cuatro millones de seres humanos a causa del tabaquismo. Los estudios prospectivos de salud indican que, de persistir las tendencias de la epidemia, en el año 2030 habrá tres millones de muertes en los países desarrollados, y siete millones de decesos más en las naciones en desarrollo, atribuibles a los efectos nocivos del tabaco.

En nivel mundial, señala en un escrito Santiago Padilla Arriaga, “se atribuye al tabaquismo el 12.5 por ciento de las muertes entre los 35 y los 44 años, y se estima que dos de cada cinco fumadores mueren antes de cumplir los 65 años de edad”.

Agrega que un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Helsinki, en Finlandia, reveló que 30 minutos de exposición al humo del cigarro bastan para que el suero sanguíneo de los no fumadores, que aspiran involuntariamente el “humo de segunda mano”, pierda más de 30 por ciento de su capacidad antioxidante natural.

Señala también que un estudio epidemiológico publicado en 1991 determinó que la exposición al humo ambiental de tabaco causa diez veces más muertes por afecciones cardiovasculares que las provocadas por el cáncer, y aumenta el riesgo de esta última enfermedad, en los fumadores pasivos, entre 20 y 30 por ciento más en comparación con quienes no comparten el humo de los fumadores.

Ante las evidencias, la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos clasificó, en 1993, el humo del tabaco en el ambiente como un “carcinógeno”, y algunos sindicatos estadunidenses han demandado ya a las empresas el pago de una compensación por “riesgo ambiental” a sus empleados, cuando éstos están expuestos al humo de tabaco en sus áreas de trabajo.

 Pérdidas y ganancias
 

Los intereses económicos de las grandes empresas tabacaleras son los principales factores que dificultan y obstaculizan la toma de medidas efectivas contra la epidemia causada por el tabaco, en opinión del doctor Henri Jouval, representante de la OMS/OPS en México, expresada también en la celebración de Día Mundial Sin Tabaco, el pasado 31 de mayo.

Para dar una idea de lo que significan y pueden esos “intereses económicos”, basta señalar que en 1996 las empresas tabacaleras destinaron cerca de tres mil millones de pesos para publicidad, según afirmación del doctor Mauricio Hernández, del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) de la SSA, cifra que contrastó con los recursos empleados en actividades de prevención, con mención específica a lo que invierte al año el Consejo Nacional Contra las Adicciones (Conadic): “apenas un millón de pesos”.

El Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), con base en resultados del XIV Censo Industrial de los Censos Económicos de 1994, informó que ese año en México existían 38 establecimientos dedicados a la producción de cigarros y puros, que daban trabajo a siete mil 778 personas, cuya remuneración total ascendía a 377 millones 909 mil 400 pesos.

Los activos fijos netos de esas empresas eran de 755 millones 505 mil 500 pesos, y el valor agregado censal bruto llegaba a cuatro mil 990 millones 987 mil pesos.

Conviene reiterar que el documento de la OPS ya citado indica que en 1988 la industria tabacalera contribuyó con 0.31 por ciento del PIB de México, con 14 millones 390 mil pesos, antes de que la moneda nacional perdiera tres ceros por decreto.

Dadas las cifras, se hace evidente que el mayor gasto de las tabacaleras lo destinan a la publicidad, y puede deducirse el motivo: recuperar la clientela perdida por fallecimiento o supresión del hábito, estrategia que parece darles buenos resultados, pues en México, al menos, no reducen sus ventas los más de 44 mil decesos de fumadores cada año, y en cambio van en aumento.

De allí las advertencias de la OMS y la OPS sobre la gravedad de la nueva tendencia que ha tomado la industria, hacia los jóvenes en particular, más propensos a la influencia de la publicidad, y hacia los países en vías de desarrollo, donde recuperan la pérdida de clientes ocasionada por las medidas implantadas contra el consumo de tabaco en países desarrollados.

El estudio del Banco Mundial ya referido, el cual fue comentado por el economista mexicano Raúl Molina, asesor de la OMS/OPS en Washington, indica que el consumo de tabaco es creciente en los países de menores ingresos, y que las personas con menor educación tienden a fumar más.

En los países desarrollados, el consumo del producto creció hasta la década de los 80, y en los 90 empezó a descender. No obstante, es en los países industrializados, especialmente en los europeos, donde se hace el “consumo fuerte”.

La expansión de la industria tabacalera y su éxito comercial, asienta el documento, se debe a un trabajo de mercadotecnia que oculta verdades esenciales del producto que ofrece, y engaña al cliente, potencial o cautivo, mediante la asociación del hábito a situaciones placenteras, de buena posición social y económica, y de éxito en la sexualidad.

Raúl Molina explica que, en este caso, no existe mercado competitivo, pues la “libre elección” del cliente no se da, está preso en una “demanda inelástica” que no le permite salirse del mercado, al que fue atraído con engaños, por medio de la distorsión.

Las empresas, agrega, no dan toda la información para que el comprador conozca los efectos dañinos del cigarrillo, de tal manera que no puede decidir. No advierten, por ejemplo, que es adictivo, y así el consumidor se ve atrapado en las redes de las tabacaleras como cliente cautivo, lo cual afecta a los individuos y a las instituciones públicas.

Para propiciar el descenso del consumo de tabaco, el BM recomienda en su estudio incidir en el precio del producto mediante impuestos; controlar su promoción y publicidad; restringir su venta a menores; promover campañas de educación, información y concientización respecto al hábito; proteger los derechos de los no fumadores, y legislar para lograr esos propósitos.

Como queda asentado, el BM considera que la reducción del consumo de tabaco no perjudica la economía; señala que el alza de impuestos no afecta los ingresos gubernamentales y, aunque reconoce que tales acciones podrían propiciar el contrabando, afirma que éste no sería significativo. En general, sostiene, la disminución del hábito podría traer más beneficios económicos que los generados por la producción y comercialización del tabaco.

Legisladores y autoridades sanitarias de distintos países coinciden en que, pese a sus efectos nocivos, el tabaco no debe ser objeto de proscripción. Padilla Arriaga advierte que “tratar de eliminar por decreto el tabaco implicaría dejar en el desamparo a campesinos, productores, transportistas, manufactureros, empacadores, comercializadores, publicistas y una amplia gama de personas económicamente activas que aportan una parte importante de su esfuerzo y requieren satisfacer sus necesidades”.

Para combatir la perniciosa adicción en nuestro país, el diputado propone “estudiar y explorar las políticas que han funcionado con cierto éxito en algunas regiones del mundo”, las cuales expone en forma somera: hacer un estudio por regiones, para aplicar acciones efectivas con base en un buen diagnóstico; impulsar la sustitución paulatina del cultivo del tabaco por otros productos alternos; promover una política de información que comprometa a las tabacaleras a presentar, junto con el producto, los efectos nocivos de su consumo; incrementar el precio del tabaco; aplicar mayores restricciones a la venta y al manejo de la publicidad del producto, y emprender tales tareas en conjunción multinacional de esfuerzos.

Al menos en parte, la estrategia propuesta por Santiago Padilla se aplica ya en México, mediante campañas emprendidas por las autoridades sanitarias coordinadas con otras instituciones, así como por medio de la promulgación de normas para el consumo y la comercialización del tabaco.

 La guerra del tabaco

En julio pasado, un jurado de Miami, Florida, condenó a la industria tabacalera de Estados Unidos a pagar 145 mil millones de dólares por daños causados a fumadores que viven en esa entidad.

Stanley Rosenblatt, abogado de los demandantes, solicitó una sanción de entre 123 y 196 mil millones de dólares, pero consideró que sería un “castigo justo” el pago de 154 mil millones de dólares por parte de las empresas tabacaleras por los daños causados a sus clientes.

En jurado del caso, integrado por seis personas, ha deliberado tres veces: en julio de 1999 dictaminó que la industria manufactura un “producto mortal”; en abril de 2000 decidió que las tabacaleras debían pagar 12.7 millones de dólares a tres fumadores partícipes de la demanda, y en julio pasado impuso la sanción de 145 mil millones de dólares que se menciona.

Bill Ohlemeyer, asesor general de Phillip Morris, una de las empresas contra las que se dictó la sanción, calificó el veredicto como “excesivo e ilegal”, y Dan Webb, representante de la firma, argumentó que la condena del pago de 154 mil millones de dólares aludida por el abogado de los fumadores llevaría a la industria a la quiebra diez veces, con base en la estimación del valor financiero de las cinco grandes compañías tabacaleras, el cual fluctúa, según su dicho, entre 150 y 200 mil millones de dólares.

Los representantes de las tabacaleras anunciaron que apelarán el fallo, y analistas jurídicos calculan que la resolución final sobre la responsabilidad de la industria en daños a la salud de sus clientes podría tardar aún varias décadas.

El dictamen del jurado de Miami sienta un precedente mundial en la guerra contra la industria tabacalera, impulsada por Donald E. Chalala, secretaria de Salud de Estados Unidos, que rebasa el ámbito nacional estadunidense con la adhesión de varios países, entre ellos Venezuela, Nicaragua, El Salvador e incluso Cuba, a esa cruzada sanitaria.

De hecho, el impulso al combate contra el tabaquismo en Estados Unidos y países de América Latina refuerza las acciones emprendidas previamente por la OMS, institución que el pasado 3 de agosto acusó a las compañías cigarreras internacionales de realizar una “guerra sucia” contra las campañas para desalentar el consumo de tabaco.

En un informe difundido en Ginebra, la OMS detalla tácticas y estrategias de las tabacaleras para desprestigiar sus investigaciones sobre los efectos nocivos del tabaco y restarles credibilidad ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU), entre las que menciona, incluso, labores de espionaje mediante la infiltración de empleados de la industria a la sede del organismo internacional para obtener documentos e información confidenciales.

Denuncia que el boicot a sus acciones sanitarias fue emprendido en 1988 por la Phillip Morris, y señala específicamente a Geoffrey Bible, entonces presidente de la firma, como su instigador, que entre otras cosas buscaba convencer al Fondo de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) de que reducir la producción de tabaco en los países en desarrollo sería una catástrofe para sus economías.

En México, la Constitución Política establece, desde su promulgación en 1917, la responsabilidad del gobierno federal para dictar políticas generales de salubridad; la Ley General de Salud dedica uno de sus capítulos específicamente al Programa Contra el Tabaquismo, y el Diario Oficial de la Federación publicó, el 27 de julio de 2000, el Reglamento sobre Consumo de Tabaco, que entra en vigor a los 30 días de su publicación.

Miguel Rivera Lerma, asesor jurídico de la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados, explica que la normatividad al respecto es una “facultad legislativa de carácter coexistente”, es decir, “la federación establece líneas generales, y corresponde a los estados llevarlas a la minucia, la trama fina”.

Precisa que la Ley de Salud, en el programa contra el tabaquismo, establece que la SSA, los gobiernos estatales y el Consejo de Salubridad General, en el ámbito de sus competencias, se coordinarán para la ejecución de las acciones comprendidas en el programa, que son la prevención y el tratamiento de los padecimientos originados por el tabaquismo, y la educación sobre los efectos del hábito en la salud.

Al respecto, comenta que de 25 a 28 entidades de la República tienen ya legislación en materia de tabaquismo, y a pregunta cita a Colima como una de las que todavía no la establecen, pues se encuentra en proceso. Destaca en cambio que en la capital del país la Asamblea de Representantes del Distrito Federal (ARDF) aprobó, el 5 de julio de 1990, el Reglamento de Protección a los No Fumadores del D.F., que impone restricciones al uso del tabaco para preservar de sus efectos nocivos a quienes no tienen el hábito.

Pondera las medidas legales que se han establecido en México para combatir la mortal adicción, pero reconoce su insuficiencia ante una industria que, según datos de 1998, en su dicho, representó una suma global, en el mundo, de 3.4 billones de dólares.

El poder económico de las tabacaleras, dice, fue señalado en reuniones de las comisiones unidas de Radio, Televisión y Cinematografía y de Salud de la Cámara de Diputados, realizadas para proponer modificaciones a los ordenamientos al respecto, en el sentido de que las empresas del ramo prefieren, incluso, pagar multas por contravenir las reglas vigentes, que restringir su publicidad. Destaca que el fruto de ese trabajo, un dictamen de reforma, no fue aprobado para su discusión en el pleno, debido al voto en contra la de fracción priista.

Apunta además que la estrategia de las tabacaleras no se reduce al manejo cada vez más sofisticado de la publicidad y a los aspectos jurídicos del ataque de las autoridades sanitarias, pues también desarrollan labores de investigación científica. A manera de ejemplo, ilustra el caso con el hecho de que, en los últimos 25 años, se han registrado 14 patentes para hacer del cigarro una “jeringa limpia”, lo cual no se ha hecho público porque implicaría reconocer que a los adictos se les ha suministrado la droga, hasta la fecha, por medio una “jeringa sucia”, debido a todas las sustancias tóxicas asociadas a la nicotina en el tabaco.

Con respecto a la guerra internacional contra la industria tabacalera, considera que México, pese a las buenas intenciones manifestadas por las autoridades gubernamentales, es poco probable alcance los matices de abierto enfrentamiento a que ha llegado en otros países, pues el reclamo y las sanciones que de él pudieran derivarse irían directamente contra las tabacaleras del país, las cuales comercializan tabaco nacional y sólo pagan regalías por la firma a las trasnacionales con las que están asociadas.

Pese a las normas, crece la epidemia

Reconocida la estrategia publicitaria de las tabacaleras como la piedra angular de su expansión comercial, y los intereses económicos de la industria como el principal obstáculo para desalentar el hábito, los diputados de las comisiones unidas de Radio, Televisión y Cinematografía y de Salud de la Cámara de Diputados presentaron, el pasado 29 de abril, “para su rápida resolución”, un proyecto de dictamen para reformar la Ley Federal de Radio y Televisión y la Ley General de Salud, el cual fue retenido por la Mesa Directiva “por no considerarse de urgente y rápida resolución”, pues la fracción priista votó en contra.

Pocos días después, el 4 de mayo de 2000, el Diario Oficial de la Federación publicó el Reglamento de la Ley General de Salud en Materia de Publicidad, expedido por el presidente Ernesto Zedillo el 2 de mayo y en vigor a los 30 días de su publicación, cuyo propósito es el control sanitario de los anuncios de productos, servicios y actividades a que se refiere la ley.

En sus disposiciones generales, asienta que “la publicidad será orientadora y educativa respecto del producto” de que se trate, proporcionará “información sanitaria” cuando su uso “pueda causar riesgo o daño a la salud de las personas”, además de que “no se podrá realizar publicidad que propicie atentar o poner en riesgo la salud de las personas”, y dice que “no corresponde a la calidad sanitaria” cuando la publicidad induzca a error, oculte contraindicaciones, exagere las características o propiedades de los productos, o sugiera que su uso es factor determinante de características físicas, intelectuales o sexuales de los individuos.

El documento dedica su título cuarto a la publicidad de bebidas alcohólicas y tabaco, y en él se imponen restricciones a las productoras o distribuidoras de esos productos para patrocinar eventos deportivos y culturales.

Sobre la publicidad del tabaco, establece que podrá incluir la presencia del producto cuando éste no se manipule de manera real o aparente; no podrá dirigirse a menores de edad, ni podrán obsequiarse a éstos artículos promocionales o muestras del producto; en televisión y en radio sólo podrá difundirse después de las 22 horas, en el cine únicamente en funciones para adultos con clasificaciones “C” y “D”, y en publicaciones electrónicas no podrá publicitarse en páginas dedicadas a menores de edad ni en las deportivas o educativas. Precisa que las leyendas de advertencia que se incluyen en la publicidad deberán sustituirse cada seis meses en forma rotatoria, siempre sujetas al reglamento y la ley.

En junio, el titular de la SSA, José Antonio González Fernández, y el presidente del Consejo Nacional de la Industria Tabacalera (CNIT), Francisco Espinoza de los Reyes, firmaron un convenio, por cuyo medio la industria tabacalera “se compromete a observar y ajustar su publicidad a un código de ética”, constituido por “14 artículos encaminados a evitar el consumo de cigarros en los menores de edad”, entre éstos no instalar anuncios espectaculares a una distancia de 200 metros alrededor de escuelas y áreas deportivas, así como evitar que obstaculicen o dominen la vista pública de monumentos históricos y culturales.

La industria, además, convino en no hacer pagos directos o indirectos para la aparición de cigarros en películas o series de televisión, no utilizar dibujos animados para la publicidad o promoción de cigarros, ni realizar patrocinios de futbol, voleibol, atletismo, box, natación, softbol o ciclismo, además de que efectuará campañas de responsabilidad social conjunta con la SSA para evitar la venta de cigarros a menores de edad.

Creado en julio de 1986, el Consejo Nacional Contra las Adicciones (Conadic) vio publicado su Reglamento Interior en el Diario Oficial de la Federación hasta el 20 de julio de 2000, en el que se precisa que tiene por objeto promover y apoyar las acciones de los sectores público privado y social, para prevenir y combatir los problemas de salud pública causados por el tabaquismo, alcoholismo y farmacodependencia.

Entre sus atribuciones se cuentan promover las políticas, estrategias y programas, y sus adecuaciones, en la materia; las acciones para cumplirlos; acordar mecanismos de coordinación entre los tres niveles de gobierno; fomentar programas de educación y promover la investigación, así como proponer reformas a las disposiciones legales al respecto.

El Conadic, presidido por el secretario de Salud, está integrado además por los titulares de las secretarías de Gobernación; Relaciones Exteriores; Desarrollo Social; Comercio y Fomento Industrial; Agricultura, Ganadería y Desarrollo Rural; Educación Pública; Trabajo y Previsión Social; Comunicaciones y Transportes, así como por los de los institutos Nacional de Psiquiatría, de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE), Mexicano del Seguro Social (IMSS) y el Nacional de la Juventud, y los del sistema de Desarrollo Integral de la Familia, de la Comisión Nacional del Deporte y de la Procuraduría General de la República.

Finalmente, el jueves 27 de julio se publicó, en el Diario Oficial de la Federación, el Reglamento sobre Consumo de Tabaco, expedido por el titular del Poder Ejecutivo un día antes y en vigor a los 30 días de su publicación, cuyo objeto es “proteger la salud de las personas de los efectos nocivos causados por la exposición al humo del tabaco, con la reducción del consumo de éste, principalmente, en lugares públicos”.

La protección a la salud de dichos efectos dañinos, indica, comprende el derecho de los no fumadores a no estar expuestos al humo en sitios cerrados que comparten con fumadores; la orientación a la población para que se abstenga de fumar en el hogar, los centros de trabajo y lugares públicos; la prohibición de fumar en edificios públicos específicos que se citan en el ordenamiento; el apoyo a fumadores para abandonar el hábito cuando lo soliciten, y la información a la población sobre los efectos nocivos del consumo de tabaco y la promoción de su abandono.

Para la ejecución del programa contra el tabaquismo, establece normas para la prevención, el tratamiento y la investigación al respecto.

“La prevención del tabaquismo tiene carácter prioritario, principalmente en la infancia y la adolescencia”, especifica, y comprende acciones de promoción de la salud, orientación sobre los riesgos a la salud, inclusión de contenidos sobre el problema en programas y materiales educativos, detección temprana del fumador y promoción de lugares libres de humo de tabaco, entre otras.

Las acciones para el tratamiento de los adictos, tenderán a conseguir que quienes lo deseen puedan abandonar el hábito, reducir los riesgos y daños causados por el consumo, abatir los padecimientos asociados, rehabilitar los enfermos por causa del tabaco y aumentar el grado de bienestar físico, mental y social del consumidor, así como de su familia y compañeros de trabajo.

La investigación considerará, por una parte, sus causas, entre ellas los factores de riesgo individuales y sociales, los problemas de salud y sociales asociados al hábito, la magnitud, características, tendencias y alcances del problema, los contextos socioculturales del consumo y los efectos de la publicidad sobre éste; por otra, las acciones para controlarlo, mediante la valoración de las medidas de prevención y tratamiento, y la información sobre la dinámica del problema, el consumo, las necesidades y recursos disponibles para la prevención y el control, las tendencias de morbilidad y mortalidad atribuibles al tabaco, el cumplimiento de la regulación en la materia, el impacto económico del tabaquismo y el conocimiento de los riesgos para la salud asociados al consumo de tabaco.

El reglamento establece la prohibición expresa de fumar, excepto en las áreas destinadas específicamente para ello, en edificios públicos de la Federación, entre los que se cuentan los de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial; en los inmuebles que prestan servicios de carácter federal, como aeropuertos, terminales aéreas, estaciones de ferrocarril, instalaciones portuarias e instituciones educativas, así como en hospitales y clínicas de los sectores público, privado y social.

Finalmente estipula que la inobservancia de la prohibición será sancionada con amonestación con apercibimiento, y cuando se trate de reincidencia por tercera ocasión o sucesivas, con multa de una a cinco veces el salario mínimo general diario vigente en la zona económica de que se trate, y con multa hasta de 50 veces el salario mínimo general diario la inobservancia del establecimiento de áreas exclusivas para fumar en los inmuebles e instituciones citadas.

La publicación del reglamento de marras fue la culminación de una serie de acciones jurídicas emprendidas en nuestro país para desalentar y controlar el consumo de tabaco, con el propósito de reducir sus daños, ya evidentes.

El día 27 de julio también se inauguró, en el Palacio Legislativo de San Lázaro, el Seminario Internacional por un Mundo Libre de Tabaco, que concluyó el día 28 y cuyo “objetivo primordial” fue promover el establecimiento de leyes que desalienten el consumo de tabaco y fijar sanciones económicas a los productores de cigarros y cigarrillos, para atender problemas de salud, preventivos y curativos, de fumadores activos y pasivos.

En el evento, en que participaron autoridades sanitarias y legisladores de varios países, así como representantes de organismos internacionales, se reconoció el trabajo realizado en México para combatir la epidemia de tabaquismo, el hábito aparentemente inocuo que revela su rostro macabro con trágicas cifras, al grado de ser ya una hecatombe silenciosa que, además, amenaza con extenderse en el futuro próximo.

La causa primordial de este efecto, vale reiterarlo, es que por varios siglos el hábito se consideró inofensivo, y su aceptación social lo hizo aparecer como una “conducta normal” de las personas. Ahora, comprobados los daños a la salud que causa esta adicción mortal, no bastan para suprimirla las acciones específicas en su contra, e incluso se minimiza el problema.

Como ejemplo final, cabe destacar la crítica que hizo el director de Epidemiología de la SSA, Pablo Kuri, en conferencia magistral dictada durante el seminario citado, respecto a los espacios dedicados en los medios informativos a este problema de salud pública, el de más urgente solución, comparado con la tragedia aérea del Concorde ocurrida en julio, verbigracia, que costó la vida a 113 personas, mientras el tabaco mata en el mundo a cerca de once mil seres humanos cada día, 122 de éstos en México.

Las pérdidas económicas, señaló el funcionario, son también mayores por tabaquismo que las provocadas por el accidente de marras, si se considera el gasto que representa, para individuos y autoridades sanitarias, atender a los enfermos por el nocivo hábito antes de su fallecimiento, y después, con los años de vida perdidos por éstos y la indefensión en que quedan sus familias.

El aire y el aliento

“El aire es de todos”, dijo Luis, al tiempo que abría una ventana del pequeño salón de clases. Rosa María, quien había encendido un cigarrillo, se sintió agredida por la evidente alusión y cuestionó: “¿A poco tú no fumas?” Luis Flores replicó, con una sonrisa llena de orgullo: “No me gusta fumar, pero he fumado, en ceremonias, cigarro, puro y pipa”.

El hecho ocurría en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), en 1985, cinco años antes de que la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (ALDF) aprobara el Reglamento de Protección a los No Fumadores del Distrito Federal.

Luis enseñaba el idioma azteca, su lengua materna, pues aprendió el español hasta que estuvo en la escuela primaria. Abogado y mecánico de aviación, cursaba en la ENAH la licenciatura de Lingüística, por cuyo medio pretendía validar académicamente sus estudios de más de 20 años de libros de figuras pintadas y manuscritos del siglo XVI.

Entre las concepciones del mundo que tenían los pueblos prehispánicos, mencionó alguna vez la importancia que daban al “aliento” como causa primaria de la vida, función orgánica ininterrumpida que empieza, al nacer, con una vigorosa aspiración, y termina, al morir, con la exhalación del “último suspiro”, como suele decirse.

Cifras macabras de proyección ominosa
 

Las estadísticas de la epidemia de tabaquismo la sitúan como el problema más grave de salud en el mundo, con cerca de once mil muertes al día por su causa, que globalmente suman cuatro millones de decesos al año.

De persistir la tendencia, en el año 2030 habrá diez millones de muertes por tabaquismo: tres millones en los países industrializados y siete millones en las naciones en vías de desarrollo.

En México, se estima que fallecen 122 personas cada día por consumo de tabaco, cifra que asciende a más de 44 mil muertes por año, la mayoría de ellas asociadas a tres de las diez principales causas de mortalidad en el país: las enfermedades del corazón y los tumores malignos, en primero y segundo lugar, respectivamente, y los padecimientos cerebrovasculares, en quinto lugar.

Así, el tabaquismo cobra aun más vidas que, por ejemplo, la también creciente epidemia de sida.

El terrible rostro de la adicción
 

Entre las acciones gubernamentales emprendidas para ayudar a quien así lo desee a suprimir el hábito, se cuenta la atención en clínicas antitabaquismo, donde se ofrece auxilio psicológico para que el adicto identifique la causa de su padecimiento y se haga consciente de los perjuicios que le ocasiona.

También se brinda apoyo físico, mediante terapias de sustitución de nicotina, pues la supresión de ésta produce un síndrome de abstinencia que se traduce en agresividad, ansiedad, cambios de humor, irritabilidad y pereza. Incluye también la eliminación de conductas que favorezcan el consumo de tabaco, por ejemplo, para acompañar el café después de comer.

La SSA advierte que quienes empiezan a fumar en la adolescencia –la mayoría– tienen más riesgo de enfermarse y más dificultades para dejar el hábito.

Jaime Villalba Caloca, director del INER, reconoce que sólo 35 de cada 100 fumadores que asisten a la clínica contra el tabaquismo a recibir tratamiento dejan de fumar al año de estar en terapia, y destaca que el 65 por ciento sigue fumando porque la nicotina provoca una adicción más fuerte que la mariguana y la cocaína, debido a la tolerancia a la droga que desarrolla el organismo.

Estudios médicos recientes confirman, al respecto, que la adicción al tabaco es mayor a la que provoca, incluso, la heroína.

La dependencia de la nicotina, causa sutil pero esencial de la adicción al tabaco, puede notarse en su atroz magnitud con el caso de Ana Isabel, de 46 años, quien vivió 18 años de matrimonio con un fumador, con el que compartía el ambiente del hogar, impregnado del humo de tabaco.

Al morir su esposo, ella comenzó a fumar. No inmediatamente, por lo que no podría atribuirse el inicio del hábito a su pena, sino aproximadamente dos meses después, cuando su organismo demandó imperativamente el suministro de la droga de marras.

La mayor parte de los fumadores sabe que el hábito es nocivo para su salud, tal vez no con precisión, pero sí en lo general; lo asocia principalmente con daños al sistema respiratorio, manifiestos en cáncer de pulmón y en enfisema pulmonar.

“Es como un suicidio lento”, comenta Toña, “pero sin situaciones amarillistas, nada de pistolas o cuerdas; más precioso: se da echando humito”, y agrega que ella fuma “por placer”.

“Es un mal hábito”, reconoce Próspero. “Yo lo dejé ocho años, y de repente me vi otra vez con la cajetilla, sin saber cómo”, dice, y prende con la “colilla” el siguiente.

El deseo y el placer
 

El deseo de dejar de fumar es más bien raro entre adictos al consumo de tabaco, pero cuando logra suscitarse, el camino de la rehabilitación está ya recorrido en buena parte.

Para ilustrarlo, vale citar parte de una conversación de Carlos Castaneda con su maestro de brujería, Juan Matus, al inicio de sus enseñanzas:

“–La gente casi nunca se da cuenta de que podemos cortar cualquier cosa de nuestras vidas en cualquier momento, así nomás –chasqueó los dedos.

“–¿Piensa usted que uno puede dejar de fumar o de beber así de fácil? –pregunté.

“–¡Seguro! –dijo con gran convicción–. El cigarro y la bebida no son nada. Nada en absoluto si queremos dejarlos”.

Otro ejemplo al caso es el del poeta Ramón Martínez Ocaranza, catedrático de la Universidad Michoacana, a quien un médico le recomendó reducir el consumo de tabaco, pues afectaba su salud. El vate replicó que si le hacía daño el camino no era fumar menos, sino no hacerlo, lo cual cumplió por el resto de su vida.

La principal dificultad para suscitar el deseo de dejar de fumar, valga el apunte, está determinada con la incidencia de la nicotina en el centro de placer y bienestar del cerebro, asociada con un mecanismo de enseñanza y aprendizaje, según estudios recientes de la Universidad de Chicago, factores físicos y psicológicos cuyo efecto refuerza la publicidad, calculadamente engañosa, mediante la cual la industria tabacalera sugiere situaciones de paz, bienestar y éxito económico, social y sexual relacionadas con el hábito tabáquico.

El adicto consumado puede provocar el deseo auténtico de dejar el tabaco si trabaja sus asociaciones mentales de placer y bienestar con la buena salud, pues tomará conciencia de que nunca obtendrá placer suficiente si causa daño a su organismo. Vale.

 El veneno, el gusano y las flores

 “No, gracias: es venenoso”, contesta Edmundo Enríquez al gesto con que, tácitamente, se le invita un cigarro.

Ex tabacómano, no pierde ocasión de hacer proselitismo contra el nefasto hábito. Comerciante, ha colocado en su negocio un gran cartel, con la leyenda: “No fume tabaco”.

Señala que además de los efectos nocivos para la salud de que se ocupan los especialistas, el tabaco causa mal aliento, color amarillento en los dientes y un gasto no sólo inútil, sino dañino, “es como comprarse enfermedades a largo plazo”, argumenta.

La nicotina es un veneno muy activo, que puede causar la muerte con una mínima cantidad que entre directamente al torrente sanguíneo, afirma, y sostiene que es el famoso “curare” con el cual los aborígenes americanos envenenaban la punta de sus dardos y flechas.

Edmundo exagera, o cuando menos su aseveración no es correcta, pues el curare, cuyos contravenenos son el cloro y el bromo, se extrae de la raíz de una planta loganiácea, llamada maracure.

Don José, yerbero de San Martín de las Pirámides, propone a un adicto, evidentemente incómodo a causa de los perjuicios de su hábito: “¿Quiere dejar de fumar? Yo le digo cómo. Si de veras quiere dejarlo, compre una de las cajitas de los que fuma, sáquele todos los cigarros y moje, en agua con pólvora, la mitad de cada pitillo, a partes iguales, una por donde lo enciende y otra por donde lo fuma, y después déjelos secar. Prenda el primero, con la punta sin pólvora, y después altérnelos, sucesivamente, hasta terminar. No se los va a acabar. Y así mata el gusano. Porque el vicio del tabaco es un gusano, que hay que matar”.

En su página de Internet sobre las adicciones, en marzo pasado, la SSA difunde una de las posibilidades de la medicina tradicional contra el tabaquismo: las flores de Bach. Aporta la experiencia personal de una adicta, confesa de intentos reiterados de suprimir el hábito, lo que en su dicho ha logrado sólo durante sus embarazos. Narra que por medio de la terapia floral en cuestión logró percatarse de los motivos de su adicción al tabaco y descubrió, además, su adicción “a varias cosas: a la comida, a los dulces, al café, a la Coca Cola y a hablar”, y dice que, a dos meses del tratamiento, pudo disminuir su consumo de tabaco a “menos de la mitad”, pese a todo aún muy alto, pues “hasta hace poco fumaba alrededor de una cajetilla y media por día”. Reconoce, no obstante, que “el proceso es difícil”.

Queda pendiente, por lo que toca a la presente investigación, determinar, entre otras cosas, el grado de letalidad del veneno, la temperatura a la que entra el humo al organismo, las ganancias de las tabacaleras y precisar el gasto realizado en prevención y atención del tabaquismo.

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